Hay fechas que el mundo convierte en celebración y que, para muchos, se viven en silencio. El 10 de mayo es una de ellas.

Mientras escribo, me detengo: porque hablar de mamá no es solo hablar de un nombre, sino de un lugar en el pecho. A veces ese lugar es refugio; a veces es una grieta. Y aun así, ahí está: sosteniendo lo que fuimos, lo que aprendimos a amar y también lo que nos dolió.

Quien ha sentido el amor de una madre lo sabe: puede ser abrigo, fuerza, raíz. Y quien ha amado a un hijo también conoce esa entrega que no cabe en palabras. Pero cuando la vida toca la puerta del duelo, el amor no se va: se transforma en ausencia, y la ausencia pesa. Pesa en los días cotidianos, y pesa más en los días «especiales», esos donde el mundo parece exigirnos sonreír cuando por dentro solo queremos respirar.

Cuando la celebración se vuelve contraste

El 10 de mayo, para muchas personas, es sinónimo de flores, comida en familia y gratitud. Para otras, es un recordatorio que aprieta la garganta: mamá ya no está, o está de otra manera. Tal vez partió, tal vez se fue sin despedirse, tal vez su salud cambió su presencia, o su memoria ya no nos reconoce. Y entonces la celebración se vuelve contraste: vemos regalos afuera, mientras por dentro se abre el eco de lo que falta.

Mayo puede doler en silencio. Duele no tener a quién llamar, no tener a quién correr a contarle lo bueno o lo terrible. Duele sentir que nadie entiende por qué «todavía» duele. Y es que el duelo no tiene calendario: no obedece a frases hechas ni se acomoda a las expectativas de los demás. A veces, incluso, duele sentir culpa por no estar bien, o por estar bien un instante.

El duelo que nadie nombra

Pienso en quienes cuidan a su madre y viven un duelo anticipado: la miran apagarse poco a poco y, al mismo tiempo, intentan mantenerse de pie. Pienso también en las mujeres que hoy no reciben un «feliz día», porque el hijo que esperaban o el hijo que criaron ya no está. Pérdidas visibles e invisibles; duelos que el mundo no siempre sabe nombrar, pero que el corazón jamás olvida.

Hoy honro a las madres amorosas que acompañan desde donde estén. A las que estando aquí se sienten solas. A las que hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Y a quienes llevan el peso de un hijo ausente. No se trata de idealizar, sino de reconocer: cada historia con mamá es única, y cada herida merece respeto.

No tienes que sostenerlo en silencio

Si hoy esta fecha te pesa, si te cuesta respirar entre recuerdos, si te sientes «fuera de lugar» en medio de los festejos, quiero decirte algo importante: no estás exagerando, no estás sola, y no tienes que cargarlo en silencio.

La terapia tanatológica puede ayudarte a darle un lugar a tu pérdida, a tu historia y a tu amor — sin que eso te rompa por dentro. Buscar ayuda también es una forma de honrar: a tu mamá, a tu hijo, y a ti.

Si lo necesitas, este puede ser un buen momento para empezar.

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Gaby Morales es psicóloga con maestría en Tanatología y especialización en Psicooncología.
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